Parashá Vaikra
Parashá Vaikra
Levítico 1:1-5:26 "El Llamo"

21de marzo de 2026 /3 de Nisan de 5786
Pr:David Betancourt
Acércate.
Después de la
gloria visible en el Mishkán, el silencio se rompe con una voz: “Y llamó…”. Así comienza la Parashá Vaikrá,
no con estruendo, sino con un llamado íntimo. Ya no es la voz poderosa del
Sinaí, sino una invitación cercana que surge desde el corazón del Tabernáculo.
Elohim no solo quiere ser temido desde lejos; ahora desea ser conocido de
cerca. Pero el acercamiento no es improvisado. Hay un camino. Y ese camino se
expresa a través de los korbanot, las ofrendas. Aunque muchas veces se
entienden como sacrificios, en esencia significan “acercarse”. No se trata de
pérdida, sino de proximidad. Cada ofrenda representa un movimiento del alma que
anhela restaurar su relación con el Creador.
El primer
sacrificio descrito es el holocausto (olah), completamente consumido por el
fuego. Es la imagen de una entrega total, sin reservas. Es el alma diciendo:
“Todo lo que soy te pertenece”. Luego aparece la ofrenda vegetal (minjá),
sencilla pero significativa, hecha de harina, aceite e incienso. Aquí se revela
una verdad profunda: Elohim no mide el valor de lo que damos por su tamaño,
sino por la intención del corazón que lo entrega. La ofrenda de paz (shelamim)
introduce una dimensión distinta: comunión. Parte del sacrificio es para
Elohim, parte para el sacerdote y parte para quien lo ofrece. Es una comida
compartida, un acto de reconciliación que transforma la relación en cercanía.
No todo es expiación; también hay celebración en la presencia divina.
Sin embargo,
la realidad del pecado no se ignora. La ofrenda por el pecado (jatat) y la
ofrenda por la culpa (asham) muestran que incluso las faltas involuntarias
afectan la comunión. El ser humano es llamado a reconocer, confesar y corregir.
Pero hay algo aún más profundo: cuando hay daño hacia otro, no basta con pedir
perdón a Elohim; es necesario restituir, reparar, restaurar. La espiritualidad
verdadera no evade la responsabilidad; la asume. En cada sacrificio arde un
fuego constante. Ese fuego no solo consume; transforma. Lo que entra al altar
no sale igual. Así es también con el corazón humano cuando se rinde a Elohim:
el fuego divino purifica, refina y eleva.
La haftará en
Isaías confronta una verdad clave: el pueblo ofrecía sacrificios, pero sin
corazón. Elohim declara que no necesita rituales vacíos; Él desea una relación
viva. Es el mismo mensaje que atraviesa todo el parashá: el acto externo solo
tiene valor si refleja una realidad interna.
En esencia, Vaikrá
nos enseña que el camino hacia Elohim no es automático ni superficial. Requiere
entrega, sinceridad, responsabilidad y transformación. No se trata de cumplir
un sistema, sino de responder a un llamado.
Hoy no traemos
animales al altar, pero seguimos siendo llamados a acercarnos. La pregunta
sigue siendo la misma: ¿qué estamos dispuestos a ofrecer? No oro ni incienso,
sino el corazón, la voluntad, las áreas no rendidas. -- El
llamado de Elohim continúa resonando: “Acércate”. --
Y cada vez que
respondemos con sinceridad, algo en nosotros es transformado. Porque al final,
el verdadero sacrificio no es lo que ponemos sobre el altar… sino lo que
dejamos que Elohim transforme dentro de nosotros.
Shabat Sahoml!
Comentarios
Publicar un comentario