Parashá Ki Tavó
Parashá ki Tavo
Devarim 26:1-29:9 "Cuando Entres"
El primer mandato es traer las primicias. El israelita debía reconocer: “Mi
padre fue un arameo errante”, recordando su origen humilde. En esta declaración
hay una clave iniciática: la memoria nos preserva de la soberbia y nos conecta
con la fuente. La primicia es símbolo de entrega: reconocer que todo proviene
del Creador. En clave mesiánica, Yeshúa es presentado como la Primicia de la
resurrección (1 Corintios 15:20), el primer fruto consagrado que abre el camino
de vida para toda la humanidad.
Luego, la Torá prescribe el diezmo compartido con levitas, extranjeros,
huérfanos y viudas. La espiritualidad verdadera nunca se encierra en ritos,
sino que se traduce en justicia y compasión. El iniciado sabe que su abundancia
no es posesión egoísta, sino canal de servicio. Yeshúa mismo se identifica con
el necesitado (Mateo 25:35-40), mostrando que la santidad del pacto se mide en
el amor al prójimo.
Posteriormente, Israel reafirma su identidad como pueblo santo. El pacto no
es un contrato externo, sino una transformación interna: el Eterno es nuestro Elohim
y nosotros somos su heredad. Esta verdad resuena en el Brit Hadashá: “vosotros
sois linaje escogido, nación santa” (1 Pedro 2:9). La iniciación aquí consiste
en aceptar que la vida no es errante, sino con propósito: somos llamados a
reflejar la gloria de Aquel que nos separó para sí.
El mandato de escribir la Torá en piedras simboliza permanencia, pero
también la dureza del corazón humano. Jeremías 31 anticipa que la Torá será
grabada en corazones de carne, transformando la letra en vida. En el Mesías,
Yeshúa es la Roca viva y el altar donde se consuma la redención.
Gerizim y Ebal, En los montes se proclaman bendiciones y maldiciones,
mostrando que cada palabra y acción abre caminos de vida o muerte. Obedecer no
es legalismo, sino alineación con el Creador. En el Mesías, la maldición es
tomada para que fluya la bendición de Abraham.
En el Capítulo 28, Las bendiciones y maldiciones no son castigos
arbitrarios, sino consecuencias del pacto: obediencia trae plenitud,
desobediencia opresión y exilio. Cada elección construye destino personal y
colectivo. Mesiánicamente, apunta al Siervo sufriente que carga el exilio y
trae restauración., apunta al Siervo sufriente que carga el peso del exilio
para traer restauración.
Finalmente, Moisés concluye con un llamado a renovar el pacto en Moav.
Israel ha visto señales, pero aún no tiene un corazón que entienda. Aquí está
el secreto: ver no es comprender; el iniciado debe despertar su visión
interior. Yeshúa hace esto con sus discípulos cuando les abre el entendimiento
para comprender las Escrituras (Lucas 24:45).
La Haftará (Isaías 60:1-9) amplía el horizonte: “Levántate, resplandece,
porque ha venido tu luz”. Israel está llamado a reflejar la gloria del Eterno,
y en el Mesías esa luz se manifiesta a las naciones. La promesa de que los
pueblos caminarán en la luz de Sion revela el plan mesiánico universal.
El llamado final es claro:
“Hoy escoge la vida”. Levántate, resplandece, y entra en la tierra que el
Eterno te ha dado: tu destino en el Mesías.

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