Parashá Vezot HaBerajá
Parashá Vezot HaBerajá
Devarim 33:1-34:12 "Y esta es la Bendición"
Y esta es la bendición con la que Moshé, el hombre
de Elohim, bendijo a los hijos de Israel antes de su muerte
El ciclo llega a su cierre.
Moshé, el hombre que habló cara a cara con el Eterno, se encuentra en los
últimos instantes de su vida. Frente a él se abre el horizonte de Canaán, la
tierra que tanto anheló ver y que, sin embargo, no pisará. Pero su mirada no es
de tristeza; es la mirada de quien ha comprendido que la promesa es más grande
que el individuo. Desde el monte Nebo, contempla el futuro del pueblo que
pastoreó durante cuarenta años, y con palabras de luz pronuncia la bendición
final que coronará su misión.
En este acto final, el sabio
anciano no habla ya como legislador ni como caudillo, sino como padre espiritual. Su
palabra no impone; engendra. No ordena; despierta. Así, la Torá concluye como
comenzó: con bendición. En Bereshit, el Creador bendijo la creación; en Vezot
Habrajá, el hombre bendecido por el Creador devuelve la bendición a Su pueblo.
La escena se desplaza luego
al Monte Nebo,
frente a Jericó. Allí, el Eterno muestra a Moshé toda la tierra: desde el norte
hasta el Negev, desde el Mediterráneo hasta el Jordán. Lo que ve no es
geografía, sino profecía
desplegada: cada valle y cada monte contienen las futuras
generaciones, las luchas, los reyes, los exilios y las redenciones. Moshé
contempla no solo la tierra, sino el tiempo. Y en esa visión total, comprende
que su vida fue el instrumento para abrir el camino hacia la eternidad del
pueblo.
El texto dice que Moshé murió allí, según la palabra del
Eterno. en hebreo, al
pi Adonai, literalmente por la boca del Eterno, expresión que la
tradición interpreta como una muerte en un beso divino. No hay tragedia, sino
comunión: el alma del profeta retorna a su fuente, absorbida por el soplo que
un día la dio.
El pueblo llora treinta días,
pero la Torá termina con una afirmación que trasciende el duelo:
Nunca
más se levantó en Israel un profeta como Moshé, a quien el Eterno conoció cara
a cara.
No es un epitafio; es una
enseñanza. La grandeza de Moshé no radica solo en los milagros, sino en su
intimidad con el Eterno. Su vida demuestra que la plenitud humana no consiste
en conquistar, sino en obedecer
con amor y servir
con verdad.
El cierre de la Torá, leído
en Simjat Torá, es
también un inicio. En la misma ceremonia en que se concluye Devarim, se abre nuevamente Bereshit. Es el ciclo eterno
del conocimiento divino: no
hay final en la Torá, porque la palabra del Eterno no envejece.
Así como Moshé ve la tierra sin entrar en ella, nosotros vemos la sabiduría sin
agotarla. Cada generación continúa donde la anterior detuvo su paso.
En clave mesiánica, Vezot Habrajá apunta hacia
Aquel que vendría como el nuevo Moshé, Yeshúa,
el profeta prometido como él (Dev: 18:18), quien no solo hablaría con Elohim,
sino que sería la misma Palabra hecha carne. Si Moshé bendijo a las doce tribus
antes de morir, el Mesías bendice a sus discípulos antes de ascender,
perpetuando la cadena de la bendición. Ambos miran la redención desde la
montaña: uno desde Nebo hacia la tierra prometida, el otro desde el Monte de
los Olivos hacia la eternidad.
Así termina la Torá, no con
un punto final, sino con una puerta abierta.
El pueblo, ahora sin su guía
visible, deberá caminar sostenido por la bendición. Y nosotros, lectores de
cada generación, comprendemos que el verdadero liderazgo no muere: se transforma en legado.
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