Parashá Vezot HaBerajá

 

Parashá Vezot HaBerajá

 Devarim 33:1-34:12 "Y esta es la Bendición"


          
15 de octubre de 2025/ 23 de Tishrei 5786 Simjat Tora

Pr: David Betancourt

Y esta es la bendición con la que Moshé, el hombre de Elohim, bendijo a los hijos de Israel antes de su muerte

 

El ciclo llega a su cierre. Moshé, el hombre que habló cara a cara con el Eterno, se encuentra en los últimos instantes de su vida. Frente a él se abre el horizonte de Canaán, la tierra que tanto anheló ver y que, sin embargo, no pisará. Pero su mirada no es de tristeza; es la mirada de quien ha comprendido que la promesa es más grande que el individuo. Desde el monte Nebo, contempla el futuro del pueblo que pastoreó durante cuarenta años, y con palabras de luz pronuncia la bendición final que coronará su misión.

Cada tribu recibe de sus labios una palabra que es más que deseo: es destino, profecía y revelación.
Rubén, el primogénito, es restaurado en vida; Judá recibe la fuerza del liderazgo; Leví, la custodia del conocimiento sagrado; Benjamín, el reposo en la cercanía divina; y José, la abundancia de quien fue instrumento de la providencia. Moshé no solo bendice: distribuye la herencia espiritual de Israel, trazando los contornos simbólicos del Reino que el Eterno establecerá.

En este acto final, el sabio anciano no habla ya como legislador ni como caudillo, sino como padre espiritual. Su palabra no impone; engendra. No ordena; despierta. Así, la Torá concluye como comenzó: con bendición. En Bereshit, el Creador bendijo la creación; en Vezot Habrajá, el hombre bendecido por el Creador devuelve la bendición a Su pueblo.

La escena se desplaza luego al Monte Nebo, frente a Jericó. Allí, el Eterno muestra a Moshé toda la tierra: desde el norte hasta el Negev, desde el Mediterráneo hasta el Jordán. Lo que ve no es geografía, sino profecía desplegada: cada valle y cada monte contienen las futuras generaciones, las luchas, los reyes, los exilios y las redenciones. Moshé contempla no solo la tierra, sino el tiempo. Y en esa visión total, comprende que su vida fue el instrumento para abrir el camino hacia la eternidad del pueblo.

El texto dice que Moshé murió allí, según la palabra del Eterno. en hebreo, al pi Adonai, literalmente por la boca del Eterno, expresión que la tradición interpreta como una muerte en un beso divino. No hay tragedia, sino comunión: el alma del profeta retorna a su fuente, absorbida por el soplo que un día la dio.

El pueblo llora treinta días, pero la Torá termina con una afirmación que trasciende el duelo:

Nunca más se levantó en Israel un profeta como Moshé, a quien el Eterno conoció cara a cara.

No es un epitafio; es una enseñanza. La grandeza de Moshé no radica solo en los milagros, sino en su intimidad con el Eterno. Su vida demuestra que la plenitud humana no consiste en conquistar, sino en obedecer con amor y servir con verdad.

El cierre de la Torá, leído en Simjat Torá, es también un inicio. En la misma ceremonia en que se concluye Devarim, se abre nuevamente Bereshit. Es el ciclo eterno del conocimiento divino: no hay final en la Torá, porque la palabra del Eterno no envejece. Así como Moshé ve la tierra sin entrar en ella, nosotros vemos la sabiduría sin agotarla. Cada generación continúa donde la anterior detuvo su paso.

En clave mesiánica, Vezot Habrajá apunta hacia Aquel que vendría como el nuevo Moshé, Yeshúa, el profeta prometido como él (Dev: 18:18), quien no solo hablaría con Elohim, sino que sería la misma Palabra hecha carne. Si Moshé bendijo a las doce tribus antes de morir, el Mesías bendice a sus discípulos antes de ascender, perpetuando la cadena de la bendición. Ambos miran la redención desde la montaña: uno desde Nebo hacia la tierra prometida, el otro desde el Monte de los Olivos hacia la eternidad.

 

Así termina la Torá, no con un punto final, sino con una puerta abierta.

El pueblo, ahora sin su guía visible, deberá caminar sostenido por la bendición. Y nosotros, lectores de cada generación, comprendemos que el verdadero liderazgo no muere: se transforma en legado.

Moshé desaparece en el misterio del monte, pero su voz sigue resonando en cada palabra de la Torá.
La enseñanza final es simple y sublime:

El que conoce a Elohim cara a cara no muere; se funde en Él. 



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