La parashá Vayerá (Génesis 18–22) presenta una de las
revelaciones más significativas en la vida de Abraham. Adonai se manifiesta
mediante tres mensajeros, y Abraham responde con una hospitalidad excepcional,
conocida como hachnasat orchim (recibir invitados o acoger a los
visitantes). Su prontitud para servir se convierte en un referente fundamental
de vida espiritual: abrir espacio al otro es abrir espacio a la presencia del
Eterno. En ese mismo encuentro se anuncia el nacimiento de Isaac, recordando
que el berit —el pacto— depende de la iniciativa y fidelidad de Adonai,
incluso cuando las circunstancias humanas lo vuelven improbable.
El relato continúa con la situación de Sodoma y
Gomorra. Nos enseña que estas ciudades no solo fueron destruidas por
inmoralidad, sino porque habían normalizado la corrupción y la crueldad como
estructuras sociales. En este contexto aparece la figura de Lot, quien, aunque
intenta practicar hospitalidad, muestra también su fragilidad espiritual:
eligió establecerse en un ambiente moralmente degradado y terminó adaptándose a
una sociedad que comprometía sus valores. Su historia refleja un principio
ético: cuando se elige un entorno corrupto por conveniencia, la capacidad de
discernimiento y firmeza espiritual se debilita inevitablemente.
En el capítulo 21 de Bereshit, el nacimiento de Isaac
confirma la promesa hecha a Abraham y Sara: su nombre, Yitzjak (“él
reirá”), transforma la duda en gozo. Incluso el episodio de Ismael revela la
justicia misericordiosa de Adonai, quien escucha al muchacho “según lo que es
ahora”, sin prejuicio ni condena anticipada.
El punto culminante de la parashá es la Akedá,
la atadura de Isaac. Este episodio muestra la profundidad del pacto. Abraham
enfrenta una prueba límite, no para sacrificar a su hijo, sino para revelar la
confianza absoluta en Adonai. En el momento crítico, un carnero es provisto,
subrayando que Adonai no demanda destrucción, sino fidelidad. En Berishit
22:1–19, la escena anticipa la lógica del sacrificio redentor y la provisión
divina que sostiene la relación entre Adonai y la humanidad.
אֲהַבְתָּ – Ahavtá (“A
quien amas”) es la primera vez que aparece la palabra “amar” en la Tora. Esto
muestra que el amor humano profundo está en el centro de la historia, y que
Adonai toca las áreas donde el corazón está más involucrado. La Akedá examina
amor, fe y lealtad.
VaYerá muestra que el berit no es una idea
distante, sino una experiencia viva entre Adonai y nosotros. Él se hace presente,
guía, cuida y provee, y nosotros respondemos desde la confianza, la hospitalidad,
la justicia y la oración. La parashá nos recuerda que caminar con Adonai significa dejar que Su presencia forme nuestro carácter, nuestras decisiones y
la manera en que tratamos a los demás. El pacto se vuelve así un camino
personal, donde cada día aprendemos a reconocer Su voz y a descansar en Su
fidelidad.
Shabat Shalom!!
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