Parashá Trumá

 

Parashá Trumá
Éxodo 25:1-27:19 "Ofrenda Alzada"

21 de febrero de 2026 /4 de Adar de 5786


Pr: David Betancourt

El Santuario del Corazón, Crónica o Niveles de una Elevación

La historia de Trumá no comienza con planos arquitectónicos, sino con un susurro al espíritu humano. Tras el estruendo del Sinaí, Elohim no pide una fortaleza de piedra para imponer Su poder, sino una ofrenda voluntaria. El Eterno Olam (dueño del Universo) solicita materiales terrestres —oro, plata, lana y madera— no porque le falte algo, sino porque el ser humano necesita un lugar donde lo Invisible se vuelva tangible.

El nombre de la parashá, Trumá, nos da la primera clave iniciática: no es simplemente "dar", es "elevar". Al desprenderse de sus tesoros, el israelita no pierde riqueza, sino que eleva la materia hacia la santidad. Es el misterio de la alquimia espiritual: el oro deja de ser un ídolo para convertirse en un espejo de la luz divina.

El Viaje al Interior del Tabernáculo

Al cruzar el umbral del patio, el relato nos lleva por un camino de purificación. Primero encontramos el Altar de Bronce, el lugar donde el "yo" animal debe ser consumido por el fuego del propósito. Luego, al entrar en el Lugar Santo, la narrativa se vuelve dorada. A la izquierda, la Menorá arde con una sola pieza de oro, recordándonos que, aunque somos muchos brazos y diferentes talentos, nuestra fuente de luz es una sola y nuestra esencia es indivisible.

A la derecha, la Mesa de los Panes nos habla de la provisión. Es el recordatorio de que incluso el pan físico, el fruto de nuestro trabajo, debe ser presentado ante la Presencia. Pero el clímax de esta travesía ocurre tras el velo del Parojet, en el Lugar Santísimo. Allí reside el Arca de la Alianza, custodiada por querubines con rostros de niños. En su interior, las Tablas de la Ley; sobre ella, el Kaporet. Es el punto de contacto entre el cielo y la tierra, el lugar donde la voz de Elohim resuena desde el silencio.

El Espejo del Mesías y la Promesa

Cuando miramos con atención espiritual esta construcción cada detalle nos habla del Mesías. Él es la Madera de Acacia (humanidad incorruptible) revestida de Oro (divinidad pura). Él es el Tabernáculo viviente que "habitó entre nosotros". La Haftará refuerza esta visión: Salomón construye un Templo de piedra magnífico, pero la advertencia divina permanece clara: "Si anduvieres en mis estatutos... habitaré en medio de los hijos de Israel". El edificio es el cuerpo, pero la obediencia es el latido.

La Parashá Trumá nos enseña que el universo entero es una casa en construcción. Elohim nos entrega los planos y los materiales, pero nosotros debemos poner el corazón. El Mishkán no fue diseñado para que Elohim tuviera un lugar donde vivir, sino para que nosotros tuviéramos un lugar donde aprender a ser como Él.
Hoy, el Tabernáculo no está hecho de pieles de tejón ni de hilos de púrpura, sino de nuestras acciones. Cada vez que elevas tu intención, cada vez que transformas un recurso material en un acto de bondad, estás colocando una viga en el Santuario eterno. Tú eres la Trumá; tú eres el lugar donde Elohim desea habitar.  

El versículo clave 25:8 dice: "Harán para Mí un Santuario y habitaré en ellos" (no dice "en él"). El objetivo final de toda religión y ritual no es el edificio, sino la transformación del sujeto. El materialismo se vence cuando el oro (lo más valioso) se entrega para un propósito trascendental.

Shabat Shalom!!

 


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